sábado 28 de febrero de 2009

PERICVLVM

 

portada_periculum

 

Tras una prolongada e indeseada ausencia, retomo este espacio para hablar sobre un proyecto que me ha tenido ocupado durante este tiempo.

Hace aproximadamente un año, surgía en los corazones de tres amigos una idea hilada por una hebra común. En su concepción y desarrollo pudieron percibir que un sentimiento de armonía se mezclaba con la admiración y el respeto que se profesaban mutuamente. Eso propició que todo el proceso de creación tuviera lugar bajo un marco dominado por la más absoluta democracia, en la que nadie imponía sus ideas a los demás y ni siquiera la mayoría era la que decidía, sino que se debatía sin cesar hasta que los tres se pusieran de acuerdo con respecto a un objetivo final.

No cabe duda de que este hecho fue el que hizo posible que el proyecto llegara a buen puerto. Y hoy, con algo de retraso, quería presentarlo aquí.

Se trata de una revista literaria, aunque tal vez ése sea un calificativo bastante ambicioso que no se corresponda con la realidad. Podría ser más bien un espacio en el que nos permitimos el lujo de expresar nuestras ideas a la antigua usanza, mediante la palabra escrita e impresa. Todo es hecho de manera artesanal, sin la intervención de terceros. Nosotros mismos nos encargamos del diseño, los contenidos, la edición y la maquetación, la impresión y la distribución.

Al ser un trabajo tan laborioso, su publicación será aproximadamente trimestral, y ya nos encontramos trabajando de lleno en el segundo número.

El nombre de la revista, Periculum, está tomado del latín, y viene a significar ‘peligro’ o ‘riesgo’. Creemos que este nombre expresa perfectamente un sentimiento que compartimos y  con el que nos sentimos identificados, y del que ya he hablado por aquí en otra ocasión. Sintetiza también, de algún modo, nuestra manera de hacer las cosas, dejándonos llevar por nuestros instintos y sin escuchar las modas y las tendencias. ¿Quién iba a querer molestarse en realizar una obra así, existiendo herramientas virtuales como blogs, que permiten hacer lo mismo sin el gasto resultante de la impresión y la distribución? Nosotros queríamos crear algo que perdurara, que no dependiera de elementos tan abstractos como servidores y conexiones, sino que fuera tangible, que se pudiera disfrutar físicamente.

Sin embargo, debido a que sólo tres personas nos encargamos de todo el proceso y se trata de ejemplares gratuitos, la distribución es algo limitada. Es por eso por lo que decidimos crear una página web a través de la cual todo el mundo que no reciba la revista física tenga la posibilidad de disfrutar de ella.

La dirección donde se puede encontrar es ésta:

http://pericvlvm.es

En ella es posible ojear el contenido íntegro del primer número online. Además está disponible una versión en pdf para ser descargada, e incluso impresa, por quien así lo desee.

 

Por último, quiero dar las gracias a aquellos que, tras sentir curiosidad, le dediquen a nuestro humilde proyecto algunos de sus valiosos minutos. Sus opiniones, críticas y demás serán gratamente recibidas, bien  en nuestra dirección de correo oficial pericvlvm@gmail.com, bien en los comentarios de este post.

 

Un saludo.

domingo 31 de agosto de 2008

La vuelta


Cuando la azafata anunció que el avión comenzaba las maniobras de descenso previas al aterrizaje aún se podía contemplar el sol que reinaba sobre el espeso mar de nubes que se extendía justo debajo de la aeronave.
El vuelo, como todos en los que se regresa al punto de partida, había sido largo y aburrido, y las palabras de la asistente de vuelo me supieron a gloria.
Tras ellas, me apresuré a asegurarme de que el cinturón de seguridad estaba bien ajustado, el respaldo se encontraba en posición vertical y mis pertenencias debajo del asiento delantero, y poniéndome todo lo cómodo que se puede uno poner cuando viaja en "clase turista", eché un vistazo por la ventana que tenía a mi izquierda.
Pude contemplar que ya nos encontrábamos mucho más cerca de las nubes, hecho que quedó corroborado gracias a la leve sensación de oídos taponados que comenzaba a sentir.
El avión se precipitó entonces en ese océano esponjoso que formaban las nubes y todo cambió de repente. El cielo azul y el calor proveniente del sol desaparecieron por completo, dando paso a una burbuja de paredes grises que envolvía el aparato y se iba oscureciendo por momentos. El dolor de oídos se hacía más agudo y los niños pequeños ya entonaban sus primeros llantos, lo cual, junto con el traqueteo producto de las turbulencias, no hizo más que provocarme cierto nerviosismo.
Unos minutos después, mientras oteaba a través de la ventanilla en busca de algún indicio de tierra firme, pude percibir que la capa de nubes iba dejando de ser tan compacta, hasta que, finalmente me fue posible contemplar el océano embravecido a mis pies. Presentaba un color entre azul y gris oscuro, y estaba salpicado por manchas de blanca espuma que se multiplicaban por doquier a causa del viento que azotaba la costa.
El avión también se vio afectado por ese viento, que lo zarandeaba provocando sospechosos crujidos en el fuselaje. A partir de entonces mi intranquilidad fue en aumento.
Un instante después ya se divisaba la costa. Las olas del mar golpeaban con furia las formaciones de rocas negras como el azabache, para morir posteriormente en la arena. La visión fue bastante desesperanzadora; un mundo oscuro se extendía ante mis ojos. Abajo, una superficie negra, pelada y rugosa, con algunos tonos verdosos y pardos, como si aún no estuviera acabada, sin rastro alguno de civilización. Arriba, las infranqueables nubes que descargaban su lluvia sin tregua, regando el terreno yermo.
Ante ese panorama, no pude más que preguntarme en silencio si realmente deseaba aterrizar en aquel lugar, o si sería mejor dar media vuelta y partir hacia cualquier otro lugar más meridional.
Sin embargo, en ese momento recordé que, desde hacía más de un año y medio, me refiero a ese lugar como "mi hogar".
Al escalofrío que recorrió mi espalda erizando mi vello corporal le siguió un suspiro de alivio. Al fin y al cabo, estaba regresando a casa.

viernes 6 de junio de 2008

Parhelio


Un par de meses después de mi formidable encuentro con la aurora boreal, pude ser testigo de excepción de otro fenómeno, menos conocido, pero no por ello menos apasionante.

Un lunes cualquiera de abril, a la hora de la cena, recibí una llamada telefónica procedente de mi amigo Árni. Aparentemente, él es un islandés medio, tiene un buen trabajo cualificado, un hijo que comparte con su anterior pareja, y vive solo. Sin embargo, es un tipo muy interesante. Hace años, decidió dejar su trabajo para pasar un año completo trabajando en una granja. Allí permaneció durante el largo invierno, totalmente solo en la granja, a más de cien kilómetros del núcleo de población más cercano. No cabe duda de que una experiencia así, es capaz de transformar la personalidad de cualquiera, facilitando la más profunda de reflexión y el estudio de la naturaleza que nos rodea. No es raro el día que me habla sobre las aves que habitan Islandia y me muestra sus fotografías. Incluso un día apareció con un hermoso y blanquísimo zorro ártico sin vida que había cazado el fin de semana recién terminado… Así, Árni es de esos islandeses (lamentablemente cada vez quedan menos) interesados en su propia cultura ancestral, y, a su vez, en las explicaciones científicas a los fenómenos naturales del día a día. Fenómenos que pasan desapercibidos ante los sentidos adormecidos de los habitantes de las ciudades, y que sólo una mente entrenada y dedicada a su búsqueda, es capaz de captarlos y entenderlos.

Aquel día, me instó por teléfono a que saliera corriendo a la calle, pues en esos momentos estaba ocurriendo lo que en castellano es conocido como parhelio.

El aspecto que presenta es el de dos manchas que aparecen en el cielo, una a cada lado del sol. Muchas veces, este fenómeno se acompaña de un enorme halo que rodea al sol y es causado por la refracción y reflexión de la luz de nuestra estrella, al incidir sobre grandes agrupaciones de cristales de hielo en la atmósfera.

Tomé mi cámara y pude captar varias instantáneas que enseñé al día siguiente a Árni, momento en que él se encargó de mostrarme el camino hacia las respuestas que los antiguos pobladores del norte de Europa habían encontrado para explicar el parhelio, como si un sabio anciano relatando un cuento se tratara.

Así, pude descubrir que lo que había contemplado no era ni más ni menos que la dramática y eterna persecución que los lobos Sköll y Hati llevarán a cabo hasta el final de los tiempos, en que finalmente atrapen y devoren a sus presas, Sól y Máni respectivamente. La mayoría de la gente que hubiera apreciado el fenómeno, sólo vería en él un par de manchas irisadas en el cielo, unidas por un gran halo que rodeaba al sol. Sin duda, un espectáculo hermoso. Pero yo pude contemplar más cosas, ocultas tras simbologías arcaicas.

A partir de entonces, mi curiosidad se hizo cada vez mayor, y decidí acudir a la biblioteca nacional de Islandia, para tratar de saciarla. Parte del resultado de mi investigación se puede leer en el artículo anterior, en el que mi intención no es otra que ofrecer una visión fugaz de lo que la creación del mundo suponía para los antiguos seguidores de la religión nórdica.

Una religión en la que la dualidad formada por las fuerzas del bien y del mal, se ve salpicada de matices de diferentes tonalidades. No existe representante del mal que sea absolutamente malvado por naturaleza, y no sólo todos los dioses tienen miedos y debilidades, sino que además son mortales.

Debido a esa naturaleza tan “humana” de los dioses, los vikingos sabían que no les podían proporcionar la felicidad, ni les podían despojar de las calamidades del mundo, y por ello, nunca les exigían nada. La personalidad que se forjaron era la de un pueblo aguerrido y valiente, leal y disciplinado, que no reprochaba nada a sus dioses y asumía el riesgo con naturalidad. Un pueblo que luchaba día tras día, exprimiendo el presente hasta la última gota. En su opinión, la humanidad había nacido para encarar multitud de problemas, pero el coraje, la aventura y las maravillas de la naturaleza eran merecedores de agradecimiento, de gozo y de regocijo. Los mejores dones que los dioses habían ofrecido a la humanidad eran la capacidad de adaptación al mundo tal cual es, la suerte que aguarda a los hombres en las situaciones difíciles, y la oportunidad de ganar una gloria que sobreviva a la muerte.

En estos tiempos que corren, en los que todo son preocupaciones, en los que no nos atrevemos a emprender una acción arriesgada por temor a las consecuencias que pueda tener en nuestro futuro, conformándonos así con lo que nos ha sido ofrecido, lo cual puede generar problemas psicológicos de todo tipo… Quizás podríamos aprender de la filosofía de vida de los antiguos vikingos, y no pararnos a pensar tanto cada decisión que tomamos. Siendo valientes y atreviéndonos a mirar hacia adelante, podemos encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo, sin miedo a equivocarnos.

Al fin y al cabo, también nos ha sido dado el don del aprendizaje, y no hay mejor maestro que los errores cometidos.

sábado 3 de mayo de 2008

La creación

“Hielo ardiente y llama mordaz; así es como la vida comenzó.”

En el sur se extiende la región de Múspellsheimur, azotada por enormes llamas que, con su danza, la hacen hervir y brillar. Nadie puede sobrevivir allí, salvo los que son originarios de dicha tierra.

El lugar llamado Niflheimur se encuentra al norte. Está colmado de hielo y cubierto de vastas extensiones de nieve. En él se halla el manantial Hvergelmir, del que parten once ríos que van a parar al vacío existente entre esta región septentrional y Múspellsheimur.

Ocurrió que el espeso veneno que contenían los ríos se coaguló y congeló, y así, se formaron multitud de capas de hielo en el norte de la región donde antes sólo había vacío. Mientras tanto, en la zona meridional, el endiablado baile de las llamas provocó la aparición de un viento cálido y ligero, como la brisa de una noche veraniega, que circuló hacia el norte. Dicho viento se encontró con el rocío que se desprendía, goteando, de los ríos congelados en el norte. Y ocurrió que entraron en contacto y juguetearon entre sí, y el hielo comenzó a derretirse y a gotear. La vida se desarrolló rápidamente en aquellas gotas, y tomó la forma de un malévolo gigante de escarcha, llamado Ýmir.

De su sudor, mientras dormía, un hombre y una mujer fueron engendrados, convirtiéndose así Ýmir, en el precursor de todos los gigantes de escarcha.

El fluido surgido a partir del sucesivo deshielo de los ríos, dio lugar a una vaca llamada Auðhumla. El gigante Ýmir pasó a alimentarse de la leche procedente de Auðhumla, mientras que ésta hacía lo propio lamiendo las capas formadas por los ríos congelados. Transcurridos tres días, un hombre salió del hielo que servía de alimento a la vaca.
Este hombre tuvo un hijo llamado Bor, que se casó, pasado un tiempo, con la hija de uno de los gigantes de escarcha. De su unión, nacieron tres hijos, el primero fue Óðinn, el segundo se llamó Vili, y el tercero, .

Todo esto ocurrió en el principio, antes de que existieran las dunas en el desierto, las olas del mar y las ondulantes briznas de hierba. No había tierra ni cielo, tan sólo Múspellsheimur y Niflheimur, y entre ellos, el vacío.

Sucedió entonces que Óðinn y sus hermanos comenzaron a odiar a Ýmir y a la creciente banda de gigantes engreídos. Tanto les odiaban que, finalmente, acabaron por matarle. Sus heridas parecían manantiales de sangre. Los tres hermanos, tomaron el cadáver del gigante sobre sus hombros y lo condujeron a la mitad del vacío. En ese lugar es donde crearon el mundo a partir de su cuerpo. Modelaron la tierra con la carne de Ýmir, y las montañas, con sus huesos intactos, y utilizaron sus dientes y fragmentos de huesos rotos para crear las rocas.
Posteriormente, emplearon la mezcolanza que se formó con la sangre del gigante, para crear los lagos y los mares.
Entonces, los tres hijos de Bor alzaron la calavera de Ýmir, e hicieron el cielo a partir de ella, y la situaron de tal manera, que sus cuatro esquinas alcanzaron los confines de la tierra. Seguidamente, se hicieron con incandescentes brasas de Múspellsheimur, y los llamaron sol, luna y estrellas. Y fueron situadas en lo alto, para iluminar el cielo y la tierra.

Una vez que la tierra estuvo creada, Óðinn y sus hermanos cedieron una porción de terreno a los gigantes, pero, éstos eran tan hostiles, que tuvieron que construir un pedazo de tierra añadido, que se mantuviese separado de los dominios de los gigantes. Esto lo hicieron a partir de las cejas del desaparecido Ýmir, y a esa nueva región la llamaron Miðgarður. El sol calentaba las rocas y la tierra era verde y fértil, y de ella brotaban innumerables frutos. Los tres hijos de Bor, a su vez, emplearon los sesos de Ýmir, echándolos al aire y convirtiéndolos en toda clase de nubes.

Un día, estando los tres sentados en el borde deshilachado de la tierra, donde se junta con el mar, cayeron dos árboles que habían sido arrancados de sus raíces. Uno de ellos era un fresno, mientras que el otro era un olmo. Decidieron alzarlos y crearon a partir de ellos el primer hombre y la primera mujer. Óðinn les transmitió el espíritu de la vida, Vili les ofreció ingenio y sentimientos, y les regaló los dones del oído y la vista. El hombre fue llamado Askur, y la mujer, Embla, y les fue concedido Miðgarður para que moraran en ella. Así pues, todas las familias y naciones, y razas de los hombres, descienden de ellos.

Uno de los gigantes tuvo una hija llamada Nótt (Noche), cuyos ojos y pelo eran negros como el azabache, y su piel tostada como la del resto de su familia. Uno de sus hijos, se llamó Dagur (Día), y su tez era pálida y resplandeciente. Entonces Óðinn tomó a Nótt y a su hijo Dagur, los sentó en dos carros tiradas por caballos, y los situó en el cielo, para que cabalgaran alrededor del mundo cada dos días y medio.

Asimismo, en Miðgarður, un hombre tuvo dos hijos, y eran tan hermosos, que llamó a su hijo Máni (Luna), y a su hija Sól (Sol). Óðinn y sus hermanos no dudaron en secuestrarlos, y les asignaron la misión de guiar los carros del sol y la luna, las brasas conseguidas en Múspellsheimur, que servían para llenar de luz el cielo y la tierra.

Máni lidera el camino, y guía a la luna en su trayecto, y decide cuándo crece y mengua. Sin embargo, no viaja solo, como se puede comprobar si miramos al cielo. Máni está acompañado por dos niños que fueron arrebatados de su familia en Miðgarður, mientras iban a por agua.
Sól sigue a Máni por detrás, y siempre parece llevar mucha prisa. Esto es debido a que es perseguida por Sköll, un lobo que siempre está gruñendo, intentando atraparla. Por otra parte, hay otro lobo que corre delante de Sól, y su nombre es Hati. Hati está persiguiendo a Máni. En el final de los tiempos (Ragnarök), ambos lobos acabarán por dar alcance a sus presas, pues así es como está escrito…

jueves 20 de marzo de 2008

El riesgo llega a Internet

Hace poco, o mucho, según se mire, que nos venía rondando la cabeza la idea de crear un espacio en Internet, dedicado a esa "vía de escape" en forma de grupo de música, que se llama "Riesgo Indeterminado".
Por fin, entre Edu y un servidor, elegimos la plataforma que nos serviría para publicar la página web oficial, el diseño de la misma, y los contenidos que iban a aparecer en ella.

Muchos pensarán en la inutilidad de una página como ésa, pues somos un grupo bastante poco ortodoxo. No creamos canciones con asiduidad, ni siquiera damos conciertos a menudo. De hecho, las circunstancias sólo nos permiten reunirnos muy de vez en cuando. Sin embargo, para nosotros, "Riesgo Indeterminado" es mucho más que un grupo de música, es una forma de vida, un instrumento del que nos valemos para cantar pensamientos, pero ante todo, es una sociedad democrática perfecta, en la que cada pieza es esencial y se complementa con las otras dos. Hacer música juntos supone una forma más de expresar lo que sentimos y nos inquieta. Es una forma de hacer llegar a la gente lo que pensamos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.

Nosotros tres, Pepe, Edu y yo, pensamos que la página web puede facilitar esa comunicación con la gente, mientras permanecemos en "silencio musical". Es una buena manera de acercarse un poco más a la particular filosofía de "Riesgo Indeterminado", a sus creaciones literarias paralelas, a su sentido del humor, sus anécdotas, etc...

La página, de momento, se encuentra en una fase de "puesta en marcha". Aún queda mucho por hacer, pues tenemos que añadir contenidos importantes, que aún están a la espera de ser escogidos. Pero creemos que puede ser disfrutable en cierta medida.
Así pues, es para mí un placer el poder hacer pública su ubicación en este mundo aparentemente caótico que es Internet...

Espero sinceramente, que sea de su agrado...

viernes 14 de marzo de 2008

"Tibet, Tibet... raise your flag!"

Con esa frase que he utilizado como título, la cantante islandesa Björk instaba a los ciudadanos del Tíbet, en un polémico concierto celebrado en Shanghai, a exigir su libertad robada injustamente hace más de 50 años por la República Popular China.

Días después, podemos contemplar un nuevo levantamiento de la población tibetana, casi de forma clandestina, puesto que el gobierno chino ya se ha encargado de ocultar información sobre los hechos.
Aun así, es posible leer cosas como que el ejército chino ha disparado gas lacrimógeno contra los civiles y los monjes que participaban en la protesta pacífica. Ha habido decenas de monjes arrestados, tiroteos, e incluso algunos muertos ya. Mientras, el gobierno chino, culpa al Dalai Lama de provocar estos últimos hechos que "suponen una amenaza para la estabilidad del estado".
Por mi parte, creo que quizá es ahora el mejor momento para actuar contra la tiranía china, ya que coincide con la celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín el próximo mes de agosto.
Por otro lado, es realmente sorprendente cómo el Comité Olímpico Internacional ha adjudicado los Juegos a un país en el que no se respetan los derechos humanos más básicos, y además de una forma tan evidente. Pero supongo que conviene tener a la poderosa China como amiga, mirando para otro lado cuando se tocan ciertos asuntos como la falta de libertad religiosa, las torturas a los monjes en las prisiones, el secuestro de familias enteras como la del Panchen Lama... en definitiva, la desaparición total de un pueblo con una cultura riquísima.

Todo eso está ocurriendo ante nuestros ojos, y a nadie parece importarle lo más mínimo. Por ese motivo pienso que, ahora que todos miran a China espectantes con motivo de los Juegos Olímpicos, es el momento adecuado para alzar la voz y ondear la bandera tibetana, exigiendo de manera pacífica, que se respeten los derechos humanos y se restaure de manera inmediata la libertad arrebatada al pueblo del Tíbet.

Espero que los terribles hechos acontecidos estos días no pasen desapercibidos ante los líderes mundiales, y actúen como es debido, en la defensa de los derechos de un pueblo inocente oprimido en vías de extinción.

¡Tíbet libre!

domingo 9 de marzo de 2008

La luz del norte

Acontecimientos como el que me dispongo a relatar, hacen que el que los vive pierda la noción del tiempo y del espacio por unos momentos. Los sentidos parecen bloquearse, centrándose al cien por cien en intentar comprender lo que se está contemplando.

Todo ocurrió una noche de primeros de febrero. La temperatura en el exterior bajaba vertiginosamente hasta los 15 grados bajo cero, y el cielo se mostraba benévolo, dejando al descubierto multitud de diminutas y lejanas estrellas que brillaban más que nunca en la fría y clara noche ártica.

Nos encontrábamos en la carretera que va de Garðabær a Reykjavík cuando mi novia, Ólý, advirtió una gran franja verdosa que cruzaba el cielo de este a oeste. Era la aurora boreal, que surgió con su imponente magnitud frente a nosotros. Parecía la gran estela fantasmagórica de un cometa que se hubiera acercado peligrosamente a la Tierra, y sin embargo ahí estaba, inmóvil en lo alto del cielo, como si quisiera asomarse a la ciudad para observar curiosa a sus habitantes desprevenidos.

Aún con la emoción de haber sido testigos de tal espectáculo, llegamos a nuestro destino, el apartamento de nuestros amigos Darío y Kristín. Nada más subir las escaleras y descalzarnos, como es costumbre en los hogares islandeses, le comenté a Darío nuestra reciente experiencia. Él, que nunca había podido contemplar una aurora boreal en vivo, salió corriendo sin apenas saludarnos e invitarnos a entrar a su casa. Yo le seguí, invadido por una curiosidad propia de un niño que entra por vez primera en esa habitación donde sus abuelos guardan objetos antiguos, recopilados durante toda su vida.

Así, salí junto a él a la terraza nevada, ya sin abrigo y descalzo. La primera reacción fue la de volver a entrar al acogedor apartamento, donde nos esperaban unos buenos aperitivos a base de pan, queso, nachos y diversos embutidos, acompañados de buen vino. Sin embargo, la presencia casi mística de la aurora allá en lo alto del cielo, me hizo rectificar, y mis pies comenzaron a dejar una huella cada vez más profunda en la espesa nieve que cubría el suelo de la terraza.

Al principio, la aurora presentaba el mismo aspecto que cuando la había avistado desde la carretera. Seguía siendo esa ancha franja verdosa que cruzaba el cielo de Reykjavík. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a moverse ligeramente. Era un movimiento ondulado, como si se tratara de la bandera de un barco pirata venido de otro mundo. El color se hizo más intenso, lo cual coincidió con un aumento de la velocidad en la que se movía la aurora.
Seguidamente, nos pareció percibir que las partes más cercanas a la tierra comenzaron a experimentar cambios en su tonalidad, tornándose más claras, casi blanquecinas. A partir de ese momento, los cambios empezaron a sucederse más rápidamente. Más colores afloraron. El rosa, el blanco y el azul se mezclaron con el tono verdoso que seguía predominando a lo largo y ancho del oscuro cielo. La velocidad del movimiento siguió creciendo, llegando a recordarnos la superficie de un mar que ya no está en calma, sino en el comienzo de una tormenta.

Cuando ya no sentíamos los dedos de los pies, ni el frío en nuestras caras, el movimiento sinuoso se convirtió en unas violentas sacudidas, mezclándose todos los colores aparecidos hasta el momento, formando un remolino estremecedor. El espectáculo había alcanzado su punto álgido justo en ese momento, en que, perplejos, no parábamos de exclamar expresiones de incredulidad en tres idiomas diferentes. La apacible aurora verdosa que habíamos divisado al principio, parecía estar sacudiéndose, como si quisiera librarse de algo que la tuviera prisionera. Y nosotros, privilegiados, éramos testigos de excepción de esa batalla celeste, casi divina, que se libraba justo encima de nuestras congeladas cabezas.
Poco a poco, el fenómeno fue amainando, hasta volver a una franja verdosa, esta vez más tenue y fina, que no tardó en desaparecer por completo del firmamento.

En esos momentos nos dimos cuenta de que apenas sentíamos nuestros pies, y de un salto, volvimos al interior del apartamento, para dar buena cuenta del ágape allí dispuesto, mientras relatábamos nuestra extraordinaria experiencia a nuestras parejas, de sobra acostumbradas a ese tipo de espectáculos.

Días después, recordé una conversación que mantuve con mi amigo Pepe, mientras nos sentíamos los reyes de la ciudad en el madrileño parque de “las Siete Tetas”, una tarde cualquiera de un verano cualquiera. En ella, tratábamos sobre cómo la ciencia y el romanticismo eran totalmente incompatibles, ya que éste último queda fuera de lugar cada vez que la ciencia propone una explicación racional a un fenómeno aparentemente fantástico. Nos preguntábamos cómo verían los primeros seres humanos las estrellas y la Luna, ¿qué pensarían sobre eso? ¿Y cuando se produjera un eclipse, o fuera visible un cometa? La conclusión a la que llegamos es que las cosas, en cierto modo, pierden su encanto cuando dejan de ser misteriosas.

Al igual que aquella tarde, lo mismo me pregunté sobre la aurora boreal. ¿Qué pensarían los intrépidos viajeros que se atrevieran a visitar estas tierras polares? ¿Qué explicación le darían los primeros pobladores islandeses cuando eran testigos de tan formidable espectáculo? Estoy seguro que la respuesta será más apasionante que el pensar que es producto del choque de partículas solares con la magnetosfera terrestre…